
El problema no es el café. Es que dejamos de sentir.
La semana pasada estuve en una feria de café.
Había una dinámica sencilla: cada expositor presentaba el café más extraordinario de su catálogo. El más representativo. El que mejor expresaba su trabajo.
La mitad de los cafés presentados eran saborizados.
No lo digo desde el juicio. Tampoco desde la nostalgia. Lo digo desde una pregunta que me acompañó mientras caminaba entre los stands:
¿Por qué necesitamos cada vez más estímulo para sorprendernos?
Quizás el mayor desafío del café de especialidad ya no sea producir cafés más intensos, más complejos o más extremos. Quizás el verdadero reto sea recuperar nuestra capacidad de percibir.
Porque el café de especialidad nació precisamente para eso: para despertar sensibilidad.
Hay dos momentos que siguen muy vivos en mi memoria y que explican mejor que cualquier teoría por qué creo esto.
El primero fue un etíope natural que probé hace muchos años.
Recuerdo flores. Bayas. Algo parecido al té. Una sensación limpia y vibrante que no se parecía a nada de lo que había probado hasta entonces.
Pero lo importante no era solamente el sabor.
Era la sensación de que algo dentro de mí se había abierto.
Como si el café no estuviera mostrando algo nuevo, sino despertando una capacidad que ya existía y que simplemente llevaba demasiado tiempo dormida.
El segundo momento ocurrió en una pequeña cafetería de Londres.
Cuatro mesas. Madera oscura. Gente esperando fuera. Pedí un espresso y, antes incluso de analizarlo, sentí algo muy difícil de explicar con palabras: calma. Calidez. La sensación inmediata de estar en un lugar donde uno quiere quedarse.
Se me pusieron los pelos de punta antes de pensar si el espresso tenía más o menos cuerpo, más o menos acidez o un tueste más o menos desarrollado.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Y ahí entendí algo importante:
el café no necesitaba disfrazarse para llegar.
Hace unos días hablé con Sergi Freixes sobre food design, percepción y experiencia.
Hablábamos de algo que muchas industrias ya han entendido hace tiempo: las personas no recuerdan solamente productos. Recuerdan cómo se sintieron viviéndolos.
Y el café tiene una capacidad enorme para generar eso.
No solo por el sabor. También por el contexto, el ritmo, la atención, la presencia y la forma en que una experiencia modifica nuestro estado interno.
El problema es que vivimos en una época donde casi todo compite por captar atención rápida.
Y cuando dejamos de entrenar la percepción directa, empezamos a depender cada vez más del impacto.
Más intensidad.
Más relato.
Más estímulo.
Más exageración.
Y poco a poco vamos perdiendo la capacidad de emocionarnos con lo sutil.
Con una textura limpia.
Con un aroma delicado.
Con una taza equilibrada que no necesita impresionar para quedarse contigo.
En el mundo del café hablamos constantemente de los cinco sentidos. Vista, oído, olfato, gusto y tacto.
Pero hay otros dos sentidos que rara vez aparecen en la conversación y que, sin embargo, influyen profundamente en cómo vivimos una experiencia.
La propiocepción, que es la capacidad de percibir tu cuerpo en el espacio. Cómo te colocas. Cómo te mueves. Cómo te relacionas físicamente con lo que tienes delante.
Y la interocepción, que es la capacidad de percibir lo que ocurre dentro de ti.
Tensión.
Relajación.
Apertura.
Rechazo.
Presencia.
Ese pequeño cambio interno que ocurre cuando algo realmente te toca antes de que puedas explicarlo racionalmente.
Eso también forma parte de la percepción.
Y cuanto más desarrollamos esa sensibilidad, más fácil se vuelve reconocer valor sin necesidad de exceso.
Esto no es una idea abstracta.
En 2012 quedé tercero en el Campeonato del Mundo de Cata representando a España.
Y una parte importante de ese resultado no vino de probar más cafés que los demás.
Vino de trabajar percepción.
Atención.
Movimiento sensorial.
Ejercicios extremadamente simples que modificaban cómo percibía aromas, texturas y sensaciones en taza.
Con el tiempo entendí algo que cambió completamente mi forma de enseñar café:
la sensibilidad no es un don.
Es una capacidad entrenable.
Y cuando empiezas a desarrollarla, cambia mucho más que tu manera de catar.
Un barista que percibe mejor calibra mejor.
Un tostador que percibe mejor compra y comunica mejor.
Una cafetería que percibe mejor entiende mejor a sus clientes.
Y una experiencia que logra hacer sentir algo real permanece mucho más tiempo en la memoria.
Por eso decidí abrir una clase gratuita en directo sobre movimiento sensorial, percepción e interocepción aplicada al café.
No es una masterclass técnica.
No necesitas experiencia previa.
Ni siquiera necesitas café.
Solo una silla cómoda, noventa minutos y un espacio tranquilo donde puedas volver a prestar atención.
Vamos a hacer ejercicios reales.
Simples.
Prácticos.
Y probablemente diferentes a todo lo que has visto hasta ahora dentro del mundo del café.
Puedes ver la información aquí:
https://www.baristaemprendedor.com
Quizás el problema nunca fue el café.
Quizás el problema es que nos acostumbramos a vivir demasiado desconectados de lo que sentimos.
Y quizás por eso necesitamos cada vez más intensidad para percibir algo.
Pero si la sensibilidad puede entrenarse, entonces también podemos recuperar esa capacidad.
La capacidad de emocionarnos con una taza sencilla.
De reconocer matices.
De sentir presencia.
De volver a experimentar el café no solo como consumo, sino como experiencia.
Y quizá ahí todavía quede algo muy valioso por descubrir.
Kim Ossenblok
Estudio de Café Online
Hace unos días grabé una conversación larga con Sergi Freixes sobre percepción, diseño, experiencia y por qué algunos productos logran emocionarnos profundamente mientras otros solo generan impacto momentáneo.
Si esta reflexión resonó contigo, creo que esta conversación también te va a interesar.